Beñat Sarasola: «La residencia en el MALBA ofrece un entorno muy enriquecedor para la creación literaria»

27/10/2026

Beñat Sarasola habla de su residencia literaria en el MALBA de Buenos Aires, su proceso creativo y los retos de la proyección internacional de la literatura vasca.

Euskara. Kultura. Mundura.

La residencia en el MALBA: tiempo para la creación y avances en el proyecto literario

Tras cinco semanas de residencia en el MALBA, ¿cómo ha sido la experiencia? ¿Qué destacarías?

Ha sido una experiencia muy bonita. Y, como suele ocurrir en estos casos, al final se te hace corta. Por un lado, he aprovechado muy bien la estancia para trabajar en mi proyecto, pero, por otro, Buenos Aires es una ciudad tan grande, con tantas cosas que hacer, que siempre tienes la sensación de que podrías haber visto o hecho muchas más cosas.

La verdad es que, en lo que respecta al proyecto, he aprovechado muy bien el tiempo. Al fin y al cabo, este tipo de residencias son una especie de paréntesis en la vida cotidiana. Normalmente, aquí no tengo la posibilidad de dedicar tanto tiempo a escribir de una manera tan intensa. Tú mismo gestionas tu tiempo y, en ese sentido, la estancia ha sido muy provechosa.

Y, además, Buenos Aires es una ciudad muy literaria, con una vida cultural muy intensa, y en ese sentido la experiencia también me ha aportado mucho.

Por tanto, este tipo de residencias te ofrecen tiempo y espacio para escribir, pero también está la propia ciudad, ¿no?

Eso es, tiempo y espacio. Y luego, además de la compañía de la ciudad, está el propio museo. El MALBA es un museo muy interesante. Está especializado sobre todo en arte latinoamericano, pero también cuenta con una programación literaria muy potente.

He tenido la oportunidad de participar en talleres y encuentros literarios, algo que también resulta muy interesante para un escritor. Además, tenía el museo muy cerca, a unos cien metros del apartamento en el que me alojaba. Así que tenía muy a mano todas esas actividades relacionadas con la literatura y, de alguna manera, eso te ayuda a mantener la mente activa y despierta desde el punto de vista literario.

¿Con qué proyecto literario llegaste a Buenos Aires, en qué fase se encontraba y cuánto has conseguido avanzar durante estas cinco semanas?

Para entonces tenía el proyecto bastante avanzado. Lo tenía bastante definido y ya había empezado a escribir. Se trata de una novela corta y, en cuanto al proceso de escritura, diría que tenía escrita aproximadamente una cuarta parte.

Mi objetivo era terminar el primer borrador, y lo he conseguido. En ese sentido estoy contento, porque nunca sabes cómo van a ir las cosas. Aunque tengas el proyecto bastante avanzado, siempre hay dudas. Pero, por lo menos, ya he terminado esa primera escritura.

Ya había participado antes en alguna otra residencia de escritores, y la experiencia cambia mucho dependiendo de la fase en la que se encuentre tu proyecto. A veces hay gente que llega a estas residencias con una idea, sin haber empezado todavía a escribir. En mi caso, tenía el proyecto bastante avanzado, y eso me ha permitido concentrarme de lleno en el trabajo.

La residencia llegó en un momento muy oportuno y me ha dado la posibilidad de terminar ese primer borrador. Ahora vendrán la segunda escritura, las revisiones y todo lo demás, pero al menos el proyecto ya está ahí. Tienes la sensación de haber sacado adelante una parte importante del trabajo.

Traducción, nuevos lectores y retos de la internacionalización de la literatura vasca

Tu última novela, “Coca-Cola bat zurekin”, ha sido traducida al castellano y al alemán. Al mismo tiempo, tú mismo tradujiste al euskera “Némesis”, de Philip Roth, y has participado en otros proyectos relacionados con la traducción. Desde esa doble perspectiva de escritor y traductor, ¿qué ocurre cuando una obra pasa de una lengua a otra?

Yo diría que la traducción es imprescindible en la literatura. No se puede entender la literatura sin la traducción. Nosotros, como lectores, muchas veces leemos más obras traducidas que en su lengua original, ya sea en castellano, en euskera o en otras lenguas. Sin traducciones, prácticamente no tendríamos literatura, diría yo. Desde los textos clásicos hasta nuestros días, la traducción siempre ha estado presente, aunque a veces se nos olvide.

Cuando sales al extranjero también te das cuenta de ello. Cuando escribes en una lengua minorizada como el euskera, constantemente tienes que dar explicaciones sobre tu trabajo, y ahí percibes que existe esa barrera. Por eso, la traducción es muy importante para llegar a otros lectores.

Durante mi estancia allí, me preguntaban constantemente si yo mismo traducía al castellano lo que escribía en euskera. Y se sorprendían un poco cuando les decía que no. Ven que sabes castellano y entonces te preguntan por qué no lo haces tú mismo.

En la traducción literaria necesitas tener un dominio absoluto de la lengua, también desde el punto de vista literario. No basta con conocer el idioma, sino que tienes que conocer su tradición, su literatura y su filosofía literaria. Y, en mi caso, no he trabajado todo eso en otra lengua como lo he hecho en euskera.

Por eso, para mí es muy importante encontrar traductores cómplices. Y creo que ahí tenemos uno de los retos de la literatura vasca: conseguir esos traductores cómplices para el castellano, el inglés y otras lenguas.

Siempre suelo decir que una traducción no es la misma obra, sino algo así como su hermano o su hermana. Creo que hay que entenderlo de esa manera. A veces también surge cierta frustración, porque lees una traducción y piensas: «Esto no es exactamente lo que yo escribí». Pero también tienes que aceptarlo, y por eso es un trabajo complejo.

Creo que es fundamental encontrar esos traductores cómplices y darles el lugar que les corresponde. Y cuando consigues esa complicidad, es una sensación muy buena ver cómo tu voz se refleja a través de otra persona.

Siguiendo con lo que comentabas, cuando tus libros se traducen a otras lenguas llegan a nuevas comunidades de lectores. ¿Qué dificultades existen para llegar a esos lectores y cómo ha sido la experiencia con el público argentino?

Está la traducción, pero luego hay otra cuestión muy importante: la distribución. Muchas veces un libro puede traducirse a otra lengua, pero después tiene que llegar a los lectores. Y eso no siempre es fácil.

Sacar la literatura vasca de nuestro sistema literario y llevarla a lectores de otras lenguas es complicado. Aunque tus libros estén traducidos, llegar a Latinoamérica, por ejemplo, no es sencillo. Mi libro anterior está traducido, pero conseguir que llegue a manos de los lectores de allí es otra cuestión.

Eso por un lado. Pero, por otro, mis libros están bastante vinculados a nuestro contexto cultural y político. Por eso, cuando se traducen, no se trata solo de traducir la lengua; de alguna manera, también hay que traducir esa cultura. Y ahí resulta interesante ver qué opiniones existen fuera, cuánto se conoce sobre la comunidad vasca y cómo todo eso modifica la perspectiva desde la que se lee lo que has escrito.

En Argentina tuve la oportunidad de encontrarme con algunas personas que habían leído mi obra, y es una sensación muy especial. Allí existe una comunidad vasca muy fuerte, con muchos descendientes de vascos, de segunda o tercera generación. Tienen mucho interés por la cultura vasca, pero su perspectiva es muy diferente de la mía.

Sienten una especie de fascinación por todo lo relacionado con lo vasco. Y esa distancia que se genera también es interesante: ver cómo te miran desde fuera y cómo te sitúas tú ante esa mirada. Es una experiencia que no tienes en Euskal Herria. Fuera recibes otra perspectiva.

Buenos Aires es una ciudad con una gran tradición literaria y una vida cultural muy intensa. ¿Qué ha entrado en tu trabajo de todo ese entorno: la lengua, las lecturas, las conversaciones, los espacios, los ritmos...?

Conscientemente, al menos, no tengo la sensación de que esas cosas hayan influido directamente en el proyecto en el que estoy trabajando. Hay escritores, por ejemplo, que mientras escriben no leen otras obras para evitar interferencias. Yo no tengo ese problema.

Además, en Buenos Aires, por ejemplo, Borges aparece por todas partes. He leído a Borges, he releído algunas cosas que ya había leído antes, pero no tengo la sensación de que eso haya influido directamente en mi escritura, al menos a corto plazo.

Pero sí es verdad que, a largo plazo, leer y seguir siendo lector resulta muy, muy enriquecedor. Y eso también influye, de alguna manera, en el proceso de escritura. En ese sentido, la residencia ha sido muy provechosa. He tenido la oportunidad de volver a la obra de algunos escritores que ya conocía, pero también de descubrir otros nuevos: jóvenes, más clásicos, con estilos de escritura muy diferentes.

Y luego, una de las cosas que tiene Buenos Aires son sus librerías. Es conocida por tener muchísimas, y en ellas existe una figura que aquí se está perdiendo en gran medida: esa sensibilidad literaria del librero.

Vas a una librería, preguntas por algo y te traen mil libros, relacionando unas cosas con otras. Conocen muy bien la literatura y la tradición literaria. Por eso, las librerías son también una parte muy importante de la comunidad literaria.

Además, durante mi estancia se celebró la FED, la Feria de Editores. Participé en un par de actividades y fue muy interesante conocer algunas editoriales de allí, quizá no tan conocidas desde aquí, y descubrir qué libros publican.

Así que sí, ha sido una experiencia muy, muy enriquecedora.

¿Quieres saber más sobre la literatura vasca? Descárgate este libro

Suscríbete a nuestra Newsletter para recibir más información.

Suscribirse
?>